Así empieza
La llave seguía debajo de la maceta de geranios, como hace treinta años. Clara la sostuvo en la palma un momento, caliente de sol, antes de meterla en la cerradura. La puerta cedió con el mismo quejido de siempre y el olor la golpeó entero: sal, madera vieja y el jabón de lavanda que su abuela compraba en el mercado de los martes.
—Solo vengo a firmar —dijo en voz alta, a nadie.
La inmobiliaria le había dado una semana. Una semana para vaciar la casa, elegir qué guardaba y qué dejaba para el chatarrero, y volver a Madrid con un cheque y la conciencia tranquila. Su madre no había querido venir. «Tú eras su preferida», le había dicho por teléfono, y Clara no supo si era un reproche o una forma de pedirle perdón.
Abrió las contraventanas del salón. El mar estaba ahí, quieto y brillante, tan cerca que parecía entrar por la ventana. Se quedó mirándolo más de lo que había previsto. Hacía años que no se paraba a mirar nada.
