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El comienzo de

Las cartas de Altea

Lucía Ferrer · Se lee en 2 min · Sobre el libro

1. La casa del Portet

La llave seguía debajo de la maceta de geranios, como hace treinta años. Clara la sostuvo en la palma un momento, caliente de sol, antes de meterla en la cerradura. La puerta cedió con el mismo quejido de siempre y el olor la golpeó entero: sal, madera vieja y el jabón de lavanda que su abuela compraba en el mercado de los martes.

—Solo vengo a firmar —dijo en voz alta, a nadie.

La inmobiliaria le había dado una semana. Una semana para vaciar la casa, elegir qué guardaba y qué dejaba para el chatarrero, y volver a Madrid con un cheque y la conciencia tranquila. Su madre no había querido venir. «Tú eras su preferida», le había dicho por teléfono, y Clara no supo si era un reproche o una forma de pedirle perdón.

Abrió las contraventanas del salón. El mar estaba ahí, quieto y brillante, tan cerca que parecía entrar por la ventana. Se quedó mirándolo más de lo que había previsto. Hacía años que no se paraba a mirar nada.

Por la tarde subió al desván a buscar las cajas de la mudanza. Encontró algo más.

Era una caja de galletas danesas, de lata azul, escondida detrás de la maleta en la que su abuela guardaba los vestidos de verano. Pesaba más de lo normal. Dentro había cartas. Muchas. Atadas con una cinta que algún día había sido roja.

Clara las contó sentada en el suelo, con el polvo bailando en la luz de la claraboya. Cuarenta. Todas dirigidas a Carmen Llorca, calle del Portet, Altea. Todas con el mismo sello. Ninguna abierta.

En el reverso del primer sobre, con una letra inclinada y cuidadosa, solo había una inicial: M.

Clara conocía todas las historias de su abuela. La de la guerra, la del baile de las fiestas de 1958, la de cómo conoció al abuelo en la cola del cine. En ninguna había nadie que empezara por M.

Esa noche no cenó. Abrió la primera carta en la cocina, con un cuchillo de untar, y leyó la primera línea tres veces antes de seguir:

Carmen: si estás leyendo esto, es que al final no te fuiste.

Hasta aquí el comienzo

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