Así empieza
En la Casa de Contratación las velas se apagaban a las nueve, pero Diego de Ribera tenía permiso para quedarse una hora más. Lo había pedido hacía cinco años, cuando murió su maestro y le dejaron a él la mesa junto a la ventana, y nadie se había acordado nunca de quitárselo.
Le gustaba esa hora. El patio quedaba en silencio, el río sonaba más cerca y la tinta secaba despacio, sin las prisas de los pilotos que entraban y salían todo el día reclamando sus copias.
Esa noche estaba corrigiendo la costa de la isla Española. Un piloto vizcaíno había jurado ante el piloto mayor que el cabo de Engaño estaba media legua más al norte de lo que decía el padrón real, y a Diego le tocaba decidir si le creía. Mojó la pluma, midió con el compás, volvió a medir. Media legua era la diferencia entre llegar a puerto o dejar un barco en las piedras.
Oyó los pasos antes de ver la luz.

