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El comienzo de

El cartógrafo de Sevilla

Tomás Aranda · Se lee en 2 min · Sobre el libro

I. La sala de las cartas

En la Casa de Contratación las velas se apagaban a las nueve, pero Diego de Ribera tenía permiso para quedarse una hora más. Lo había pedido hacía cinco años, cuando murió su maestro y le dejaron a él la mesa junto a la ventana, y nadie se había acordado nunca de quitárselo.

Le gustaba esa hora. El patio quedaba en silencio, el río sonaba más cerca y la tinta secaba despacio, sin las prisas de los pilotos que entraban y salían todo el día reclamando sus copias.

Esa noche estaba corrigiendo la costa de la isla Española. Un piloto vizcaíno había jurado ante el piloto mayor que el cabo de Engaño estaba media legua más al norte de lo que decía el padrón real, y a Diego le tocaba decidir si le creía. Mojó la pluma, midió con el compás, volvió a medir. Media legua era la diferencia entre llegar a puerto o dejar un barco en las piedras.

Oyó los pasos antes de ver la luz.

No eran los del portero, que arrastraba la pierna izquierda desde Orán. Eran pasos firmes, de bota buena. Diego dejó la pluma en el tintero y se puso en pie.

El hombre que entró llevaba capa oscura y no se quitó el sombrero. Dejó sobre la mesa un rollo de pergamino atado con un cordón de seda negra.

—Vuestra merced es Diego de Ribera.

No era una pregunta, así que Diego no contestó.

—Necesito una copia de esto. Exacta. Para el jueves.

—Las copias se piden al piloto mayor, por escrito.

—Esta no.

El hombre deshizo el nudo con dos dedos y desplegó el pergamino sobre la mesa, sujetando las esquinas con los pesos de plomo que Diego tenía a mano. A la luz de la vela aparecieron las costas que conocía de memoria: el Brasil, el río de Solís, la tierra de los patagones. Y después, más al sur, donde todas las cartas de la Casa se quedaban en blanco, algo que no había visto nunca.

Un estrecho. Un paso de agua entre dos mares, dibujado con la misma seguridad con que él dibujaba el Guadalquivir.

Diego sintió frío en las manos.

—¿Quién ha hecho esto?

El hombre ya estaba en la puerta.

—El jueves —dijo—. Y nadie más debe verlo. Ni siquiera vos, si pudierais evitarlo.

Hasta aquí el comienzo

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