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Las cartas de Altea · Lucía Ferrer Un verano, cuarenta cartas y una casa frente al mar.

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Portada de Las cartas de Altea

¿Y si la persona que te escribió todas esas cartas siguiera esperando una respuesta?

La novela

Las cartas de Altea

Clara vuelve a Altea para vender la casa de su abuela y cerrar, de paso, una etapa de su vida que no ha salido como esperaba. En el desván encuentra una caja con cuarenta cartas sin abrir, todas dirigidas a su abuela y todas firmadas con una sola inicial: M.

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Mientras lee una cada noche, Clara descubre una historia de amor que nadie en la familia conocía. Y empieza a sospechar que el remitente sigue vivo, a unos pocos kilómetros, en el mismo pueblo donde ella ha jurado no volver a enamorarse.

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Así empieza

La llave seguía debajo de la maceta de geranios, como hace treinta años. Clara la sostuvo en la palma un momento, caliente de sol, antes de meterla en la cerradura. La puerta cedió con el mismo quejido de siempre y el olor la golpeó entero: sal, madera vieja y el jabón de lavanda que su abuela compraba en el mercado de los martes.

—Solo vengo a firmar —dijo en voz alta, a nadie.

La inmobiliaria le había dado una semana. Una semana para vaciar la casa, elegir qué guardaba y qué dejaba para el chatarrero, y volver a Madrid con un cheque y la conciencia tranquila. Su madre no había querido venir. «Tú eras su preferida», le había dicho por teléfono, y Clara no supo si era un reproche o una forma de pedirle perdón.

Abrió las contraventanas del salón. El mar estaba ahí, quieto y brillante, tan cerca que parecía entrar por la ventana. Se quedó mirándolo más de lo que había previsto. Hacía años que no se paraba a mirar nada.

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