El comienzo de
Lo que calla la marea
Marta Olivera · Se lee en 1 min · Sobre el libro
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El Nuevo Rosario entró en el puerto a las seis y diez, con la niebla tan baja que el faro parecía encendido dentro de una nube.
Lo vio primero Pachi, el de la lonja, que había salido a fumar. Oyó el motor antes de ver el casco y pensó que Ramón volvía pronto, que la mar no había dado nada o que alguien se había mareado. Luego vio que el barco no reducía.
Entró recto, demasiado rápido, y rozó el espigón con un ruido de madera que despertó a medio pueblo. Después se quedó dando vueltas lentas en mitad de la dársena, como un perro que no encuentra su sitio.
—¡Ramón! —gritó Pachi.
Nadie contestó.
Para cuando llegaron los primeros vecinos, en zapatillas y con el abrigo encima del pijama, dos chavales de la cofradía ya habían saltado a bordo desde la lancha del práctico. Apagaron el motor. El silencio que vino después fue peor que el ruido.
En la cubierta había un termo de café abierto, todavía templado. Las redes estaban recogidas y las cajas vacías. En la cabina, la radio sonaba bajito en el canal dieciséis. El chubasquero amarillo de Ramón colgaba de su gancho, al lado de la puerta.
Del patrón y de los dos marineros, ni rastro.
Ana Llaneza recibió la llamada en Oviedo a las siete y cuarto. La escuchó entera sin decir nada, sentada en el borde de la cama, mirando la pared.
—¿Cudillero? —preguntó al final.
—Cudillero. ¿Algún problema, subinspectora?
Veinte años, pensó. Veinte años sin pisar ese muelle.
—Ninguno —dijo—. Salgo ahora.