El comienzo de
La ciudad de los relojes
Daniel Roca · Se lee en 1 min · Sobre el libro
1. La torre de Calderas
En Horalia nadie necesitaba mirar el cielo para saber qué hora era. Bastaba con escuchar.
Ilen podía distinguir las campanas de una docena de torres con los ojos cerrados: la de Calderas, grave y lenta, que era la de su barrio; la de los Tintoreros, que siempre iba un suspiro adelantada; la del Puerto, que sonaba a hierro mojado. Mil torres, decían los libros, aunque nadie las había contado nunca.
Esa noche estaba en lo alto de la de Calderas, engrasando el gran engranaje a la luz de un candil, porque el maestro Oren tenía las rodillas peor que nunca y la escalera tenía trescientos doce peldaños. A Ilen no le importaba. Desde allí arriba la ciudad parecía un mecanismo enorme y ordenado, cada tejado en su sitio, cada calle una rueda dentada que encajaba en la siguiente.
Faltaban dos minutos para la medianoche cuando notó el silencio.
Al principio no supo qué era. Luego se dio cuenta de que no oía el tictac. El péndulo, largo como tres hombres, colgaba quieto en el hueco de la torre.
Ilen se quedó mirándolo sin respirar. Había visto relojes atrasarse, adelantarse, desafinar. Nunca había visto uno pararse.
Abajo, en las calles, alguien gritó. Después otro. Ilen se asomó al borde y vio las ventanas de Calderas encenderse una tras otra, la gente saliendo a los portales, mirando hacia arriba. Hacia él.
A lo lejos, la campana de los Tintoreros dio las doce. Un suspiro adelantada, como siempre.
La de Calderas no sonó.